Cuando la depresión se convierte en un circuito: claves para comprender e intervenir clínicamente - Parte II
Una vez comprendido el circuito que mantiene el problema —tema que abordamos en el artículo anterior—, la intervención puede orientarse hacia distintos puntos de entrada, más que centrarse únicamente en el síntoma. La pregunta clínica entonces cambia: ¿sobre qué dimensión de este circuito podemos intervenir para generar movimiento?
A continuación, compartimos algunas herramientas prácticas que pueden ser útiles, dependiendo de lo que esté manteniendo el problema.
1. Cuando predominan los pensamientos: observar, cuestionar y probar
El registro de pensamientos permite identificar qué ocurre entre una situación, lo que pensamos y cómo nos sentimos. Una vez identificado un pensamiento automático, podemos preguntarnos:
¿Qué evidencia tengo a favor de esta interpretación?
¿Qué evidencia tengo en contra?
¿Existe otra manera de comprender lo ocurrido?
¿Estoy convirtiendo una situación puntual en una conclusión sobre mí o sobre mi futuro?
El objetivo no es reemplazar un pensamiento negativo por uno “positivo”, sino ampliar las posibilidades de interpretación. Los experimentos conductuales permiten llevar esta exploración a la experiencia. Si una paciente piensa “si digo que no, los demás se van a alejar”, podemos diseñar una pequeña experiencia que permita poner a prueba esa hipótesis. La acción se convierte así en una fuente de aprendizaje o en una experiencia emocional correctiva.

2. Cuando predomina la inactividad: volver a poner el cuerpo en movimiento
Frente a la anhedonia, el aislamiento o la pérdida de motivación, la programación de actividades agradables puede ser un punto de entrada relevante. En lugar de preguntar solamente “¿qué te gustaría hacer?”, podemos hacerlo más concreto:
¿Qué actividad realizabas antes que te generaba algún grado de bienestar? ¿Cuál sería suficientemente pequeña como para retomarla esta semana? ¿Cuándo la vas a realizar? ¿Qué podría impedirlo?
No se trata de esperar a que aparezcan las ganas para actuar. Muchas veces, la acción puede preceder a la motivación y comenzar a interrumpir el circuito de inactividad.
3. Cuando aparece el desamparo: recuperar espacios de acción
Cuando la persona siente que nada depende de ella, los planes de acción pueden ayudar a recuperar pequeños espacios de agencia. Podemos tomar un problema concreto y preguntarnos:
¿Qué está bajo mi control? ¿Qué no? ¿Cuál es el primer paso posible? ¿Cuándo lo voy a realizar? ¿Qué obstáculo podría aparecer y cómo podría enfrentarlo?
La meta no es resolver toda la situación, sino generar una experiencia concreta de capacidad de acción.
4. Cuando predomina la culpa: revisar la responsabilidad
Un gráfico de torta sobre la responsabilidad o reatribución puede ser especialmente útil cuando la persona asume una responsabilidad excesiva por lo ocurrido.
Podemos preguntar:
¿Qué porcentaje de responsabilidad corresponde realmente a cada factor involucrado?
Esta herramienta permite salir de explicaciones globales como “todo fue por mi culpa” y explorar una lectura más amplia de la situación.
5. Cuando aparecen pensamientos rígidos: introducir matices
Las técnicas de continuo pueden ser útiles cuando predominan categorías absolutas: “soy un fracaso”, “lo hice bien o mal”, “soy capaz o incapaz”. Podemos transformar el “todo o nada” en una escala:
¿Dónde te ubicarías hoy entre 0 y 100? ¿Qué tendría que ocurrir para avanzar cinco puntos?
Introducir gradaciones permite construir una mirada menos dicotómica y, muchas veces, más cercana a la experiencia real.
Quizás uno de los aprendizajes clínicos más importantes sea recordar que la técnica no debería anteceder a la comprensión del problema. Dos personas pueden consultar por tristeza, aislamiento y falta de motivación y, sin embargo, presentar circuitos completamente diferentes. En una, el aislamiento puede estar sostenido por pensamientos de rechazo; en otra, por agotamiento; en otra, por una experiencia de pérdida.

Por eso, antes de preguntarnos “¿qué técnica voy a utilizar?”, es más útil preguntarnos: ¿Qué está manteniendo el problema? ¿Qué lo activa? ¿Qué lo refuerza? ¿Dónde está hoy el mayor margen de intervención?
A veces será necesario trabajar sobre un pensamiento. Otras veces, sobre una conducta. En otras, sobre un problema concreto, una atribución, una experiencia de culpa o una rutina que se ha ido empobreciendo.
La intervención clínica comienza, entonces, mucho antes de aplicar una herramienta: comienza cuando logramos construir junto con nuestro paciente una comprensión suficientemente clara sobre cómo funciona su propio circuito.
Y desde ahí, intervenir no significa solamente disminuir síntomas. Significa también ayudar a que la persona pueda recuperar progresivamente espacios de acción, ampliar sus posibilidades de interpretación y volver a reconocerse como alguien capaz de influir en su propia experiencia.
Ps. Anita Ovalle M.
Octubre 2026






















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