Cuando la depresión se convierte en un circuito: claves para comprender e intervenir clínicamente - Parte I
En la práctica clínica, uno de los desafíos que con mayor frecuencia nos enfrentamos es acompañar a personas que llegan a consulta con un profundo malestar emocional, pérdida de motivación, aislamiento, pensamientos negativos y una sensación persistente de que “nada va a cambiar”. En estos casos, comprender la depresión únicamente como un conjunto de síntomas resulta insuficiente. Para intervenir de manera efectiva necesitamos construir una mirada que permita entender cómo se organiza y se mantiene el problema en la vida concreta de la persona.
Una primera tarea clínica consiste en identificar cómo se manifiesta el problema y qué lugar ocupa dentro de la experiencia global del paciente. El ánimo depresivo no ocurre en un vacío, se relaciona con lo que la persona piensa, siente, hace, experimenta corporalmente y con las circunstancias ambientales que está atravesando. Observar estas dimensiones de manera integrada permite comenzar a construir un mapa del problema y, posteriormente, seleccionar intervenciones que tengan sentido para ese caso particular.

En este primer artículo de octubre, nos detendremos en observar e integrar estas distintas dimensiones para armar el circuito del problema. Y luego en el segundo artículo del mes nos detendremos en las intervenciones pertinentes para estos casos.
Más que síntomas: comprender el circuito de la depresión
Una forma útil de organizar la evaluación es explorar cinco dimensiones interrelacionadas: pensamientos, emociones, conductas, reacciones físicas y ambiente.
En el ámbito de los pensamientos pueden aparecer interpretaciones negativas, pesimismo, autocrítica, sentimientos de culpa, ideas de muerte o una tendencia a atribuir los acontecimientos negativos a características internas, estables y generales de uno mismo. La persona puede comenzar a interpretar una dificultad puntual como evidencia de una incapacidad permanente: “si me fue mal en esto, significa que nunca voy a poder hacerlo bien”.
En el plano emocional encontramos tristeza, desesperanza, irritabilidad y soledad. Estas emociones, a su vez, pueden favorecer determinadas conductas: aislamiento, inactividad, disminución de actividades sociales o abandono de aquellas experiencias que anteriormente resultaban gratificantes. El cuerpo también participa del circuito. Agitación o enlentecimiento, alteraciones del sueño y dificultades relacionadas con la alimentación pueden acompañar el cuadro depresivo y contribuir a disminuir aún más la energía disponible para enfrentar las demandas cotidianas.
Finalmente, es necesario mirar el ambiente. Pérdidas, separaciones, conflictos y otros acontecimientos vitales pueden constituir elementos relevantes dentro de la experiencia depresiva. Sin embargo, clínicamente no basta con identificar qué ocurrió. También necesitamos comprender ¿qué significado adquirió ese acontecimiento para la persona y cómo comenzó a reorganizar su manera de relacionarse consigo misma y con su entorno?

Así, más que pensar cada síntoma de manera aislada, podemos construir un circuito: un acontecimiento ambiental puede activar determinados pensamientos; estos pensamientos generan emociones; las emociones influyen en las conductas; las conductas modifican el ambiente y, simultáneamente, pueden aumentar determinadas reacciones físicas. El circuito comienza entonces a retroalimentarse.
Dentro de este planteamiento, resulta especialmente interesante explorar el denominado estilo atribucional, entendido como la manera en que una persona explica lo que le sucede. Frente a una experiencia negativa, una persona puede realizar atribuciones internas, estables y generales: “esto ocurrió porque yo soy así”, “siempre me va a pasar lo mismo”, “no sirvo para esto”. Cuando esta forma de interpretar los acontecimientos se vuelve predominante, una dificultad específica puede transformarse en una conclusión global acerca del propio valor o del futuro.
También pueden aparecer formas de atribución que dificultan reconocer los propios recursos. Por ejemplo, atribuir los resultados positivos a factores externos, inestables o específicos, mientras que los acontecimientos negativos son explicados mediante características personales permanentes.
A esto se suma la ilusión de desamparo, donde la persona comienza a percibirse como alguien que no tiene capacidad de influir sobre lo que ocurre, incluso en situaciones en las que sí existen márgenes de acción. En el extremo contrario puede aparecer una ilusión de control: la creencia de que todo depende de uno mismo, lo que puede generar un intenso malestar cuando inevitablemente aparecen acontecimientos que escapan a nuestro control.
Para la psicóloga clínica, identificar estas formas de atribución puede abrir una puerta de intervención especialmente relevante: no se trata simplemente de convencer al paciente de que “piense positivo”, sino de examinar junto con él la manera en que está construyendo explicaciones sobre sí mismo, los demás y el futuro.
Ps. Anita Ovalle M.
Octubre 2026






















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