Cómo integrar el apego adulto en la formulación del motivo de consulta
- 5 may
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A veces, al inicio de un proceso terapéutico, se entiende lo que el paciente está contando, pero cuesta comprender qué es lo que está ocurriendo al fondo. La persona puede hablar de ansiedad, de una relación complicada, de lo mucho que le cuesta pedir ayuda o de lo fácil que le resulta cerrarse, pero algo todavía no termina de encontrar su lugar.
Mirar estas quejas desde el apego adulto puede ser muy útil. No solo porque permite escuchar mejor qué le duele al paciente, sino también porque abre la posibilidad de entender qué se pone en juego cuando un vínculo importante se vuelve incierto, amenazante o demasiado cercano. Y esa diferencia muchas veces modifica la manera en que se va formulando el motivo de consulta.
Desde la teoría del apego, cuando una persona percibe peligro, distancia, rechazo, ambigüedad o una cercanía que vive como desbordante, se activa su sistema de apego. Y cuando no logra recuperar suficiente seguridad, suelen aparecer formas más defensivas de regularse. En algunas personas esto se expresa más desde la hiperactivación; en otras, desde la desactivación. En ese sentido, el apego no solo ayuda a comprender mejor al paciente; también puede ayudar a enfocar qué está realmente en el centro de su malestar.

Dos pacientes pueden consultar por algo que, en la superficie, se parece bastante, pero que por dentro se organiza de forma diferente. En algunos, el malestar puede estar asociado a la distancia, la ambigüedad o el temor a perder al otro. En otros, aparece más bien cuando el vínculo empieza a sentirse demasiado cercano, exigente o difícil de regular.
En los funcionamientos más ansiosos suelen pesar más la inconsistencia, la demora, el rechazo o la sensación de no ser suficientemente importantes. En los más evitativos, en cambio, suelen pesar más la intrusividad, la exigencia, la exposición emocional o todo aquello que se vive como una amenaza a la autonomía.
Por eso, en las primeras sesiones, a veces ayuda menos apresurarse a pensar qué estilo de apego “tiene” el paciente, y más detenerse a observar qué se activa en sus vínculos, qué vive como amenaza y qué hace para intentar recuperar seguridad.
Y ahí la formulación puede cambiar. “Tengo mucha ansiedad” se puede entender como una dificultad para regularse cuando se activa la amenaza de distancia o rechazo en un vínculo importante. “Me cuesta tomar distancia de una relación que me hace daño” puede leerse como una intensa activación del sistema de apego frente a la posibilidad de pérdida. “Me cuesta pedir ayuda” puede dejar entrever que acudir al otro se vive como riesgoso, inútil o humillante. Y “yo puedo solo” a veces no habla tanto de seguridad como de una autosuficiencia más defensiva que genuina.

Tal vez una de las utilidades más clínicas del apego adulto sea justamente esa: ayudar a afinar la escucha. No reemplaza la queja inicial del paciente, pero sí permite volverla más precisa y más humana. Ayuda a pasar de una formulación amplia, como “ansiedad en las relaciones”, a otra que diga algo más sobre cómo se organiza ese malestar, qué lo activa y qué intenta hacer la persona para volver a sentirse a salvo.
Quizás ahí empiezan a aparecer preguntas que ayudan a comprender mejor:
¿qué amenaza se activa en este paciente cuando algo importante se mueve en sus vínculos?
¿qué hace para intentar recuperar seguridad?
¿qué teme que pueda ocurrir en esos momentos?
Muchas veces, responder a esas preguntas permite que el motivo de consulta comience a convertirse en una brújula clínica más precisa, más comprensiva y, también, más compasiva.
Ps. María José Tobar
Mayo 2026
Fuentes:
- Wallin, D. J. (2007). Attachment in Psychotherapy.
- Mikulincer, M., & Shaver, P. R. (2007). Attachment in Adulthood: Structure, Dynamics, and Change.
- Slade, A. (2008). The implications of attachment theory and research for adult psychotherapy.






















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